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Rusia se queda, Siria establece las condiciones.

  • Foto del escritor: Laura Tatiana Pérez Molina
    Laura Tatiana Pérez Molina
  • 16 ago
  • 4 min de lectura

Mapa que conecta Rusia y Siria, con un buque y un avión militar que representan las bases de Tartús y Hmeimim.
Mapa que conecta Rusia y Siria, con un buque y un avión militar que representan las bases de Tartús y Hmeimim.

El gobierno de Bashar al-Assad cayó en diciembre de 2024 e inmediatamente, la presencia militar rusa en Siria se convirtió en test para probar el alcance de la influencia de Moscú. Durante más de un año, no estuvo claro si las nuevas autoridades sirias expulsarían a Rusia, aceptarían una presencia reducida o renegociarían por completo las condiciones en torno a dos lugares: la base naval de Tartús y la base aérea de Hmeimim, ambas bajo control ruso.


La respuesta llegó el 9 de agosto de 2026: Rusia seguirá presente en ambas bases, pero bajo condiciones diferentes.


El acuerdo devuelve a Siria la gestión de la infraestructura civil y transforma las secciones militares en centros conjuntos de entrenamiento y capacitación.


Así que al final del día ¿fue expulsada Rusia? No. Pero tampoco sería correcto referirse al acuerdo como una renovación regular de las condiciones de antes.


Por qué Tartús y Hmeimim son importantes para Rusia


Empecemos por la importancia de estos lugares.


Tartús permite a los buques rusos reabastecerse y realizar tareas de mantenimiento sin tener que regresar a sus puertos de origen.


Esto facilita la proyección marítima de Rusia hacia Libia, el mar Rojo y los distintos escenarios africanos en los que opera personal y contratistas militares. El Royal United Services Institute designa Tartús como un centro logístico clave para la actividad rusa en Sudán y África Occidental, sobre todo porque otras posibles instalaciones en el Mediterráneo siguen siendo políticamente inciertas o tienen una capacidad operativa limitada.


La base aérea de Hmeimim, construida para apoyar la intervención rusa en la guerra civil siria en 2015, proporcionó a Moscú un puente aéreo hacia Oriente Medio. Desde allí, Rusia podía desplegar aviones de combate, trasladar personal y equipamiento, proteger su presencia en la costa y sostener operaciones más allá de Siria.


En conjunto, Hmeimim y Tartús permitieron a Moscú convertir su alianza con Assad en una presencia militar regional sólida y estable.


La importancia de ambos emplazamientos ha aumentado incluso más teniendo en cuenta la aplicación del Convenio de Montreux por parte de Turquía durante la guerra, el cual ha restringido el paso de buques militares por los aguas turcas, mientras que los ataques ucranianos han debilitado la Flota naval rusa en el mar Negro.


Perder ambas instalaciones si un gran paso atrás estratégico para Rusia en la región.


No es una victoria


El acuerdo signifca un resultado muy favorable dadas las circunstancias creadas por la caída de Assad, pero no debe confundirse con una victoria para Moscú.


Rusia estuvo cerca de sufrir la humillación política de ser expulsada por completo de un país en el que había invertido enormes recursos económicos y militares.


El acuerdo permite a Moscú conservar vínculos locales y acceso logístico, lo cual por supuesto es presentado en casa por el Kremlin como una profundización de la cooperación ruso-siria.


Sin embargo, la naturaleza de la presencia rusa cambiará. Antes, las bases eran plataformas desde las que Rusia podía proyectar poder de forma autónoma y a gran escala.

Bajo el nuevo modelo, serán instalaciones conjuntas situadas en un país cuyo gobierno resalta públicamente la soberanía y el control civil.


Rusia seguirá teniendo influencia, pero dispondrá de menos libertad para ejercerla sin la aprobación de Siria. Esa es la diferencia crucial: ya no podrá contar automáticamente con las mismas capacidades que ofrecían una base aérea y un centro naval bajo su control exclusivo.


La posibilidad de que Rusia siga utilizando estas instalaciones para apoyar despliegues en África o mantener buques de guerra en el Mediterráneo dependerá de los protocolos operativos acordados, y no únicamente de los planes e intenciones rusos.


Un cambio en el equilibrio


Para Moscú, Damasco ya no es un aliado de confianza dispuesto a conceder privilegios excepcionales a cambio de la supervivencia del régimen. Ahora es un socio negociador que tiene alternativas propias.


Damasco ha ido reconstruyendo sus relaciones con Washington, lo cual puso fin al programa de sanciones contra Siria e inició el proceso para retirar al país de la lista estadounidense de Estados patrocinadores del terrorismo. También ha estrechado sus vínculos con París, como demostró la visita de Emmanuel Macron en julio de 2026, la primera realizada por un jefe de Estado de la Unión Europea desde la caída de Assad.


Esta red cada vez mayor de socios amplía el margen de maniobra de Damasco y reduce su dependencia de Moscú.


Por qué importa


El acuerdo sobre Tartús y Hmeimim marca el final del modelo establecido bajo el régimen de Assad y limita la capacidad de Rusia para proyectar poder militar en el Mediterráneo y África.

También pone de relieve un cambio más amplio: Damasco ahora puede negociar con Moscú, Washington, París y las potencias regionales, en lugar de depender de un único protector.

En otras palabras, la noticia no trata únicamente de que Rusia haya conseguido quedarse, sino de que Siria ha recuperado parte del control sobre la manera en que el poder ruso puede operar desde su territorio.

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