El orden mundial que se está intentando salvar o reemplazar


En los discursos de este año ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, los líderes europeos repitieron, con palabras diferentes, el mismo mensaje: el orden internacional basado en reglas debe ser protegido. Por otro lado, Donald Trump habla de fuerza económica, capacidad de presión y de poner los intereses nacionales por delante. El desacuerdo gira en torno a qué tipo de mundo debería existir después del que hemos conocido durante décadas. El problema es que muchos países sienten que esta conversación les es ajena.
El llamado “orden internacional basado en reglas” surgió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el sistema internacional comenzó a organizarse cada vez más alrededor de instituciones como las Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial, la OTAN y el derecho internacional. La idea era que los conflictos se gestionaran cada vez más mediante reglas, diplomacia e instituciones, en lugar de depender únicamente de la fuerza.
Para Estados Unidos y Europa en particular, este marco se convirtió en la base de décadas de relativa paz, integración económica y estabilidad política. Por eso, los líderes europeos intentan defender el entorno que, en buena medida, dio forma a la Europa moderna.
Por eso la advertencia de Macron sobre la “ley de la selva” resulta tan reveladora. Pero, desde otra perspectiva, también puede sentirse como un intento de convencer a otros de que este marco sigue siendo digno de confianza.
El próximo orden mundial ya se está negociando
Últimamente, la pregunta ha sido si el orden actual sobrevivirá o colapsará. Pero no creo que eso sea exactamente lo que está pasando. Creo que ya estamos viendo cómo se mueven las piezas y que su “reemplazo” ya se está negociando.
Lo interesante es que no existe una única alternativa. Hay varias visiones compitiendo entre sí, y cada una refleja una manera diferente de entender cómo deberían funcionar el poder, la soberanía y la legitimidad.
La propuesta europea consiste en adaptar el orden actual, en lugar de abandonar el marco creado después de 1945, para reflejar un mundo más multipolar. El discurso vuelve una y otra vez a la Carta de las Naciones Unidas, el derecho internacional, las instituciones multilaterales y la cooperación entre aliados. El mensaje es bastante sencillo: el sistema no es perfecto, pero sigue siendo la mejor base disponible para mantener la estabilidad internacional.
El problema es que la confianza en este modelo está debilitándose. Hay otras potencias que compiten por influir en el futuro del sistema y Estados Unidos se ha vuelto menos predecible en cuanto a sus compromisos. Cada vez son más frecuentes las críticas de que este “orden basado en reglas” funciona, en realidad, como un orden occidental y de que sus reglas se aplican de manera selectiva.
China se presenta como un reformador que busca reequilibrar el modelo existente. Su lenguaje gira en torno a un “mundo multipolar igualitario y ordenado”, la igualdad soberana, la no injerencia y una mayor representación de los países en desarrollo. Ya ha impulsado iniciativas como la Iniciativa de Desarrollo Global, la Iniciativa de Seguridad Global, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras y la expansión de los BRICS. China sostiene que la gobernanza mundial puede ser más inclusiva sin necesariamente desmantelar instituciones como las Naciones Unidas, aunque, evidentemente, con una mayor influencia china dentro de ellas.
Rusia va un paso más allá y adopta una postura más desafiante. Moscú presenta con frecuencia este momento como el fin de la hegemonía occidental. Su visión gira alrededor de los “Estados civilizacionales”, las esferas de influencia y unos acuerdos de seguridad que reconozcan múltiples centros de poder como igualmente legítimos. La propuesta rusa es más disruptiva y refleja una mayor disposición a desafiar directamente las estructuras de seguridad existentes.
Y luego está el nuevo discurso político estadounidense, especialmente alrededor de Donald Trump. En este enfoque, las instituciones internacionales son herramientas más que objetivos en sí mismos. Las alianzas siguen siendo útiles mientras impulsen los intereses nacionales, la capacidad de presión económica se convierte en una de las principales fuentes de poder y los compromisos internacionales son negociables en lugar de permanentes. El resultado es un enfoque mucho más transaccional.
¿Pero qué pasa si ninguno de estos debates se siente realmente tuyo?
Aquí es donde mi perspectiva cambia.
Soy colombiana. Vengo de un país que no construyó el orden de la posguerra, que no define las reglas globales y al que rara vez se invita a escribirlas. Desde esa posición, muchos países fuera de esos centros de poder no están realmente intentando preservar o derribar el orden internacional como tal. Están intentando funcionar dentro de su transformación.
Y eso genera una mentalidad diferente. La pregunta no es necesariamente: “¿Qué orden mundial debería liderar el mundo?”. Es mucho más práctica: ¿Quién puede financiar nuestra infraestructura? ¿Quién compra nuestras exportaciones? ¿Quién nos proporciona tecnología? ¿Quién puede ayudarnos a enfrentar los desafíos de seguridad actuales?
Desde esa perspectiva, las redes estratégicas tienen mucho sentido. Los países comercian con China mientras mantienen cooperación en materia de seguridad con Estados Unidos. Participan en instituciones occidentales mientras se acercan a los BRICS. Fortalecen sus organizaciones regionales sin comprometerse permanentemente con un único bloque geopolítico.
Estas decisiones parecen menos una cuestión de alineamiento ideológico que una forma de adaptarse a un sistema cada vez más fragmentado.
Quizás esa sea la verdadera brecha
Creo que esa es una de las piezas que falta en estos discursos ante la ONU: defender el orden basado en reglas no es necesariamente una misión compartida por todo el mundo.
Para muchos países, ese vínculo emocional simplemente no existe.
Eso no significa que quieran el caos. Siguen valorando la soberanía, la previsibilidad y unas instituciones que funcionen. Pero el mismo orden mundial puede resultarles ajeno porque el sistema nunca ha sido percibido como algo del que todos fueran propietarios por igual, ni como algo cuyos beneficios se distribuyeran de la misma manera.
Quizás eso sea lo que realmente parece esta transición.
No un nuevo orden mundial reemplazando a otro, sino un mundo en el que diferentes países construyen redes superpuestas de comercio, tecnología, finanzas y seguridad en función de los desafíos que enfrentan en cada momento, en lugar de esperar a que un único centro organice a todos los demás.
Y aquí aparece una ironía: mientras algunos países todavía discuten cuál debería ser el próximo “libro de reglas”, otros ya han dejado de esperar permiso para pasar la página.




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